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lunes, 19 de diciembre de 2011

Eres tu.

No eran los oceanos gigantes que divisé sorprendido,
sino tus ojos celestes que los confundí con el mar.
No era el viento el que recorría mi piel,
sino el murmullo de tus palabras que se deslizaban en mi ser,
no eran las gaviotas ni aves que volaban felizmente en el cielo,
sino tu cabellera que bailaba en medio de la naturaleza.
No era un cuadro hermoso de picazo el que contemplé,
sino tu imagen intacta obsesionada en mi cabeza.

Tú, tigresa inteligente y bella, que diste vuelta tu mirada hacia mí,
indigno campesino pobre y humilde,
rompiste con mitos y leyendas cuando tu corazón se conmovió con el mío,
recogiste mis lagrimas y las botaste al río,
y de la mano me llevaste a tu camino
satisfaciendo mi hambre con los manjares de tus palabras,
y abrigándome en la ruca de tus brazos,
vistiéndome con ropa nueva y completa,
de telas echas y bendita por tus manos,
ahora soy un hombre nuevo que no puede creer que tus ojos estén siempre conmigo.

¿Qué será del mundo cuando nos vean juntos?
¿Qué será de la sociedad cuando me vean de nuevo?
¿Qué será de nuestros cercanos cuando nos llamen de nuevo?
Si ahora vuelo contigo en el mismo mundo tuyo,
desde ahora y para siempre contigo, sosteniendo tu corazón.

A punto de traer una nueva vida,
desflorando con total delicadeza los pétalos que te cubren,
sintiéndo el corazón gritando por tí y la sangre desesperada por besarte hasta el amanecer,
impresionado frente a tu escultura morena, sensible frente al monumento femenino frente a mí
Viendo a la noche alegrarse mientras nos miramos, y viendo al sol apagarse rendido ante nosotros,
y a la gente correr de envidia allá afuera-

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