lunes, 11 de octubre de 2010
En ustedes veo la esperanza.
¡Sí! Al fin te siento ahora, al fin la espera se acabó. Tantos escritos sin consuelo, tantas lágrimas derramadas, tantas veces mis mejillas se bañaron en lágrimas y con un llanto inalcanzable miraba el abismo en mis pupilas. ¡No! Ya no más, por fin el rostro luminoso ese que tenía la solución, me mira con su luminosidad inmensa. Con profunda libertad alzo mi mano a lo alto y toco tu rostro; me agarras de la mano y me llevas corriendo al paraíso terrenal, donde mis deseos son cumplidos sin perturbación alguna hacia mí ni a los demás. Mis temores son olvidados gracias a esta maravilla, y mis obsesiones son apaciguadas por una tranquilidad enorme y sincera. Mi corazón sigue llorando, pero no de tristeza, sino de alegría. Una alegría inmensa y verdadera que solo en ti puedo encontrar; daría mi vida por ti y para que cada uno viviera esta experiencia. ¡Qué felicidad hay en mí conciencia! Mi alma esta bañada en agua pura y renaciente de la suciedad en la cual estuve. Feliz y con esperanza enfrento la vida y cargo con mis cruces día a día, pero con tu mano y tu luz puedo seguir adelante para seguir probando la dulce miel que día a día la vida me ofrece gratuitamente.
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