Estoy en un cine donde llenos están los asientos; no hay espacio alguno para colocarse, pero alcanzo a estar en un lugar bien ubicado. El público parece sonreír y me pregunto ¿porqué será? Le presto atención al filme y veo nada más y nada menos que el reflejo de sus vidas y sus situaciones cotidianas. Ellos representan un hermoso barco que choca con glaciares constantemente; a veces se sienten angustiados; otros lloran amargamente; algunos pierden la esperanza total; pero todos logran pasar el glaciar enorme y destructor. Todos sonríen y se abrazan como si fuera un triunfo enorme ¡y cómo no! Si pudieron pasar una barrera terrible.
Así viven constantemente y no se avergüenzan ni se humillan, sino que comparten sus experiencias mutuamente para desahogarse y compartir el amor que cada vez mas lo sienten en sus venas y sale por sus poros. El público llora emocionado por mirar sus experiencias; se observan entre ellos para profundizar en sus obstáculos que los han hecho más y más fuertes. Algunos se burlan de los más débiles, otros los ayudan a seguir el camino, mientras los demás solo los ignoran.
¿Pero y yo? ¿Por qué no sonrío al término? ¿Por qué no me emociono al final de la película como los demás? Ya tengo mi respuesta. No he vivido lo que ellos han pasado. Intento integrarme e introducirme en el filme, pero me siento viejo e incapaz de hacerlo. El glaciar es algo que no puedo enfrentar; no tengo ánimos ni fuerza; no soy capaz de mantenerme en el barco que está aburrido y cansado de mantenerme a flote. Y aquí sigo, en medio de la niebla cuando anochece y un nuevo amanecer me espera para continuar este delirio.

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